Instrucciones para un jueves diferente
DARÍO FRITZ
En la cuenta regresiva hacia el próximo jueves, donde las instrucciones de manual que nos han impuesto dicen que todo debe paralizarse ese día aunque la tierra continúe girando, usted puede hacer aún muchas cosas. Tiene un deadline a las 13 horas, así que, como si lo esperaran en el patíbulo, aproveche.
Aproveche a disfrutar del paseo cotidiano del perro, a poner la mejor cara de fastidio al cruzarse con los vecinos escandalosos del tercer piso, a recorrer en el transporte público las mismas calles anodinas de edificios de cemento, vidrio y plástico que le llevan y traen a diario a la monserga del trabajo. Aproveche a dormir mientras sus hijos también lo hacen, antes de que le reclamen por la ropa que ponerse, por el quemado de la tostada, por otra vez ir a natación. Aproveche las noches en que su pareja va al gimnasio y puede sentarse a leer o esculcar entre amistades algún nuevo chisme. Aproveche.
Confirme que una bola de desequilibrados, aunque inteligentes y con mucho dinero, mueven el mundo hoy, y hay quienes se pegan un tiro en el pie para darles su lugar. Que los encabeza un amante de sí mismo y del pollo frito. Aproveche para enviar esos comentarios satíricos en redes contra los colegas que consumen a lo tonto o haga encabritar al primo que cuenta cuántos kilos ha bajado en los últimos tres meses. Confirme que su día ha sido patético. Aproveche a sentirse bien porque el injerto en el diente incisivo central se adapta con normalidad y admita que ese golpe estúpido, de bruces contra el cemento, pudo hacerle perder mucho más que un diente. Aproveche para tomarse un tiempo para el sexo, para darle el gusto a su pareja con ir a comer chamorro de cerdo o bailar salsa aunque no le guste, pero también decirle que cayó en el síndrome de Peter Pan con eso de juntar estampitas futboleras.
Vaya al supermercado a darse gustos aunque se quejen en casa porque no se ha acordado de un encargo. Aproveche, a mandar a volar los consejos del psicólogo, a pedirle a su hermano que visite a la madre en el geriátrico porque necesita tiempo para usted, a desmontarse ese prejuicio de la crisis de la edad. Aproveche. No todo es una mierda.
Aproveche, porque a partir de la hora del patíbulo, en cada uno con que se cruce hallará una estampa de gajos de balones en sus ojos, palabras que expelen tribuna, olor a sudor de vestuario, canciones sobre dioses con espinilleras, cábalas extravagantes, rechazo a todo intento de transpirar realidad.
Aproveche también para ahuyentar el miedo a ser distinto. A pertenecer a un bando enemigo. A ser terrestre entre extraterrestres en la tierra, como le pasa a Carol, el personaje solitario de la serie Pluribus.
Saque cuentas. Son solo tres partidos en dos semanas. 270 minutos. Días angustiosos que pasarán. Fútbol en la comida, fútbol en el trabajo, fútbol en las discusiones, en la TV, la cama, las redes sociales, el soliloquio familiar. Rápido, saque cuentas, se olvidará. Mucha expectativa para quince días, pero en un segundo un árbitro pita y la desbarata. Y cada quien a casa. O quizá haya otro partido, otro y otro. Eso lo puede hacer eterno. Hasta llegar a ocho si todos los astros se alinean para el seleccionado al que le va. Sí, es más de un mes largo y tenebroso. De enjundia nacionalera, de patriotismo sin Día de la Independencia, de soberanía a prueba de tiros en los palos. Pero nada terrible. A usted, que lo siente como un matrimonio no correspondido, donde nunca hubo sintonía aunque lo intentara, el tiempo demostrará que solo es una anécdota.
Al fin y al cabo lo verá por la televisión o se enterará por los gritos que se escuchan de otros departamentos, de otras casas, de la calle. Claro que nunca en vivo en el estadio. Eso ya es para ricos. Los ciclos de la vida, podrá decir. El fútbol, nacido entre ingleses y ricos más de un siglo atrás, después se popularizó y se hizo global, en barrios y colonias, sobre el cemento, el barro o el pasto, pero ahora pocos están en condiciones de pagar una entrada en un Mundial, y los que lo organizan esos sí que se hacen ricos. Y como a todo rico, nadie los puede tocar, eximen o evaden impuestos, la justicia es para ellos, los negocios son para ellos, hasta quienes ganan los campeonatos son una minoría (ocho en la historia entre 195 países). Nadie de fuera que pueda tocar ese mundo. Ni los gobiernos, insisten ellos, armados con sus propias reglas, condiciones y sanciones, aunque los italianos saludaban como fascistas al ganar los campeonatos en 1934 y 1938, el dictador Videla festejaba y así sostenía su dictadura en Argentina, y un partido entre hondureños y salvadoreños fue excusa para entrar en guerra.
Así que, cuestión de poner en juego la paciencia de acero con la que cree contar. Después vendrá el festejo. O la frustración. Todo se pintará del color del resultado en 90, 120 minutos. O los penales. Finalmente llegará la normalización, la rutina, el aburrimiento, el placer de la cotidianidad. A bajarle los decibeles a ese corazón mortificado, ese estómago estrujado, esas piernas pesadas como una losa. Retornará la burla por la tostada quemada, la crisis de la edad, el chamorro en la cantina o enterarse con qué nuevo país quiere jugar a la guerra el matón de tez anaranjada, si es que aún no se le atraviesa el pollo frito.
Aproveche, que al fin y al cabo los estadios enmudecerán y ese vacío lo tendremos que volver a llenar por otro lado.











