Pócimas venenosas
DARIO FRITZ
La primera y única línea del correo avizoraba la crueldad. Fría y distante en su ceremoniosa formalidad burócrata. Una serpiente ponzoñosa a milímetros de distancia que hacía imaginar lo peor. No amenazaba con dejar el rasguño de un gato. No. Iba por sembrar sus toxinas al mejor estilo de una jeringa hipodérmica. Después de esas 17 palabras amenazantes, el veneno se despedía con un “esperamos su respuesta”, sin un nombre, un cargo, una identidad que levantara la mano para decir soy yo. El archivo que lo acompañaba, algo más explícito en su vaguedad, daba cuenta de que sí, era una mamba negra que abría las fauces dispuestas a sus arrestos. Empezaba con una disculpa de cuatro años de retraso, desde que había aceptado publicar el original del libro que envié, analizado por un equipo dictaminador. Ahora, esta vez al menos rubricada por una funcionaria en letra manuscrita, la dirección de publicaciones de una universidad pública norteña de donde me escribía decidía por razones presupuestales que se haría en formato electrónico, me beneficiaría supuestamente con códigos de descargas gratuitas de la publicación y, eso sí, debería pagar a un “costo accesible” la conversión del texto a formato electrónico. Que esperaba una respuesta, terminaba, o daremos por concluido el proceso editorial, advertía desfachatada en el cierre del mensaje. Como a las vaguedades venenosas hay que ultimarlas con el antídoto de las preguntas más concisas, interrogué. Como ya había interrogado en correos previos, llamadas telefónicas y mensajes de texto, respondidos con respuestas esquivas o silencios. ¿Se publicará en formato físico? Queda descartado. ¿En qué fecha se publicará? En este año sale. ¿Cómo se distribuirán las regalías? No habrá regalías, se entregarán 30 descargas digitales. ¿El costo accesible? 6,000 pesos, aproximadamente. “Esperamos su respuesta a la brevedad”, acotaba con espíritu de colmillazo al acecho. Seguido de un atento “excelente día”, que se supone se dice en estos casos como la extremaunción in articulo mortis.
Los libros impresos se llevan en México el 98% del mercado y el restante 2% es para los digitales. En 2024, la producción fue de más de 21,000 títulos (caída de 15% respecto al año anterior) y ventas en bajas (-2.6%), unos 76 millones de libros vendidos (la cancelación gubernamental en compra de textos para la secundaria contribuyó a la pérdida). Allí no están los ejemplares que se piratean. Buenas copias que se venden por miles y de las que los autores no ven un centavo. Jesús Anaya, un editor comprometido y derecho, la contracara de aquel molde universitario, mostraba su risa socarrona y decía: “Así se mueve esto”.
Alguien ironizó que “Napoleón fue un gran hombre solo por el hecho de mandar a fusilar a un editor”. Ernest Hemingway escribió en 1931, en sus Consejos a mi hijo: “Nunca te cases con las putas / nunca pagues a un chantajista / nunca vayas con la ley / nunca confíes en un editor / o dormirás sobre la paja.” Esto lo recuerda en uno de tres artículos polémicos, aunque formidables, que el escritor Osvaldo Soriano escribió sobre los editores de libros y que se condensan en Piratas, fantasmas y dinosaurios. Allí habla de los editores comerciales, los que se dedican al libro como negocio, y su infinita carga de menosprecio, adulación, descubrimientos o mentiras. No es el caso de los editores universitarios de los que se esperaría –aunque como en este caso sea una presunción errónea– cierta nobleza, sensibilidad y altruismo porque nunca publican a autores best seller, sino a los que buscan un lugar, pertenecen a la academia o los que sus propias convocatorias eligen. No abunda allí el comercio, sino que se esperaría la generosidad y la abnegación por la palabra escrita. Pero a veces nos equivocamos de cabo a rabo, y algunos de esos editores llegan a ocupar gustosos y presumidos ese lugar de “hijos del diablo”, como decía Goethe. Lo malo es que con su pócima mortal se salen con la suya.











