Latigazos de imágenes
Darío Fritz
Puede que no sea a diario, pero la realidad pasa ante nuestros ojos en flashazos expuestos por las experiencias personales o las que nos traen otros. Dos tipos de fotografías para dar cuenta de miserias y crueldades y que nos pueden dejar perplejos o sensibles, pero nunca ignorantes. Esas cosas que no requieren del experto ni de lecturas abundantes para comprenderlas, llámese la guerra en Irán y el precio del petróleo, el racismo contra los migrantes, el costoso crédito bancario, la letra enmarañada de la reforma electoral o el desaseo de una fiscalía que se hace la zonza con las pruebas perdidas sobre las componendas políticas y policiales con criminales en la escena de la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes.
De esos golpes de realidad explicados a latigazos de imágenes, da cuenta la fotografía de un niño palestino de ocho años con la cabeza protegida por la capucha de su abrigo, dos lágrimas que se esparcen entre el párpado y la comisura de sus labios, mientras una lastimadura reciente aflora sangrienta entre la nariz y el ojo derecho de una bella negritud. En su mirada perdida no hay más que dolor y violencia para el resto de su vida. En el medio de la noche soldados israelíes han disparado al coche en el que viajaba junto a sus padres y tres hermanos. Solo sobrevivió junto a otro hermano de once años. Contarían luego que los militares los obligaron a observar los cadáveres de la familia, les tiraron de los pelos, se burlaron de ellos, los sacaron a rastras del auto. La salvaje impunidad de quienes se justifican por estar en guerra contra civiles, porque ese es el día a día en los territorios palestinos donde avanza la ocupación territorial de Israel.
Se trata de imágenes poderosas, como poderosa es la del niño ecuatoriano de cinco años, con gorro de conejo y mochila de Spider-Man, detenido por agentes migratorio del ICE en Minnesota, o la de hace algunos años del cuerpo de un niño sirio de tres años arrojado por el mar a una playa turca luego de naufragar el bote en el que viajaba con su familia de migrantes. Resumen la barbarie de decisiones tomadas en la frialdad de los escritorios gubernamentales por los que no se manchan nunca las manos con sangre.
La crudeza de tanto sadismo tiene su contraparte más sutil que no deja de contar de igual manera su carga de arbitrariedad y desprecio. Ya no es el relato de la fotografía oportuna reproducida en medios y redes, sino la experiencia de aquello con lo cual nos topamos en el día a día. La de los 3.9 millones de personas que en el país no saben leer ni escribir, los 12.9 millones de niñas, niños y adolescentes que hasta 2024 no contaban con adscripción o derecho a recibir servicios médicos, la escuela privada y su innecesario curso anual de prefirst para “adaptar” al niño antes de ingresar a primaria, el especialista que utiliza las instalaciones de un hospital público y cobra el procedimiento prequirúrgico, la del médico comerciante que resuelve con una operación lo que el tratamiento medicinal aconseja.
Imágenes de crímenes de odio, perversión e impunidad, en unas; imágenes las otras de desidia, incapacidades, oportunismo y desprecio por el otro. Todas con su carga de violencia propia. Desnudas. Sin sofisticación alguna para entenderlas. Se podrá comentarlas con alguien de al lado, maldecir, encender el televisor o el celular para distraerse con el futbol, la competencia culinaria, las ligerezas voluptuosas de las Kardashian, pero nada debería ser igual ya.











