Conejos digitales
DARÍO FRITZ
En la universidad pública donde colaboro están preocupados porque la Inteligencia Artificial se integre a las aulas. Hace más de un año llamaron a modificar los planes de estudios en Comunicación y lo hicieron con los pasos propios de quien es despertado de sopetón y debe prepararse para el nuevo día. Ahora acelera el trajinar a ver si no le descuentan la jornada por llegar tarde a la oficina. Sin herramientas que haya entregado a los docentes para superar mínimas ignorancias en el tema, ni estrategias que expliquen una dirección, debe incorporarse -como si decir IA lo resolviera todo- a las futuras materias. Luego, en un año, cuando quizá se apruebe, que cada quien al frente de su aula se apañe tal cual cuando su madre lo ha traído al mundo.
El burocratismo universitario vuelve a llegar tarde -se sigue llamando hoy carrera de comunicación cuando la información es lo que se consume-, instalado en la conformidad burguesa del gatopardismo, como si aquí la tecnología digital fuera una promesa, no se hubiese hecho de la mentira y el racismo una forma de vida, ni que algunos quieran cambiar fronteras como fue en la primera mitad del siglo pasado.
Eso en el plano del papel, sin abordar el de los recursos para implementarla. La IA se mueve a sus anchas en cada dispositivo tecnológico y talla entre las neuronas de profesores y estudiantes que intentan adaptarse con su mejor performance, siempre que no los arrolle una nueva actualización. A la par, en las aulas las únicas herramientas de trabajo son sillas vetustas y pizarrones tradicionales.
Que esto pase en la universidad pública, sintomatiza las reacciones lentas de las instituciones -que es decir también de hombres y mujeres que las dirigen-, ante el fenómeno de una oligarquía de hombres -preferentemente- que han sabido hallar y dirigir desde las plataformas digitales, una nueva manera de ordenar el mundo y hacerse multimillonarios. Y que abusando de la información, aportada desde el desconocimiento, pueden manipularnos al punto que amenacen con destruirnos como humanidad. Lo ha advertido uno de ellos, ex investigador en dos de las principales plataformas de IA, y que ha preferido renunciar a ser parte de una hecatombe digital: “podría acabar con todos nosotros antes de que termine la década”, dijo, repitiendo un temor persistente entre los desarrolladores de las principales compañías. Sus líderes, como el CEO de OpenAI, Sam Altman, y el consejero delegado de Anthropic, Dario Amodei, han reaccionado y tuvieron que llamar a parar la pelota, luego de esa advertencia. Puede generar la pérdida “de control” al punto de que se hagan de Internet, han dicho, así como “ataques informáticos”, “bioterrorismo” o “problemas económicos graves”. “Hay que dar prioridad a la cautela sobre la velocidad y a la prudencia sobre el beneficio”, ha acentuado uno de ellos.
Si los temores fundados ante la amenazante hecatombe nuclear de la guerra fría, dominó la segunda parte del siglo pasado, la IA no solo se presenta tan real como aquella, sino que esconde el misterio de cómo es que nos podría destruir. Porque ya es un peligro de seguridad que no está en manos de gobiernos, sino de ultrarricos con egos de dominar el conocimiento. Y también, simplemente porque no se termina de generalizar la comprensión de su uso. Al menos para los más sencillos mortales. Si en la universidad apenas se sabe usarla para facilitar la búsqueda de información o aplicarla en algunas actividades, ¿qué le queda a quienes no forman parte de las aulas? Y no son precisamente los menos.
Cuando Amodei llama a “la prudencia frente al beneficio económico” para evitar que los incentivos comerciales desemboquen en una “carrera hacia el abismo”, pone los pies sobre la tierra. El economista serbio-estadounidenseBranko Milanović, experto en el estudio de la desigualdad, plantea que el control sobre la tecnología es un problema de distribución del capital, donde más empresas deben entrar a trabajar con IA y haya más jugadores, propone regulación por parte de los estados e incluso la nacionalicen, lo cual acepta imposible. Pero con los liderazgos actuales en las potencias mundiales, asemeja a utopía. Los frenos de las plataformas suenan a autoprotección, antes que a genuinos intereses por la humanidad. “Es una visión extrema de lo que puede pasar si se deja librada al manejo del mercado”, apunta Milanović.
En el periodismo se pueden encontrar 20 y más plataformas y herramientas de uso de la IA (hacer podcast, generar una voz artificial, te produzca un video o cree un presentador con formas androide), una manera de eliminar fuentes laborales, como dice el economista, pero aun así ningún periodista las conocerá o dominará a todas, además que actualizarse lo vuelve una quimera, porque continuamente se superan a sí mismas, como si se tratará de una granja reproductiva de conejos. El periodista buscará voces y documentos para hacer su historia, y las contrastará y verificará, como el obrero pondrá un ladrillo sobre otro para levantar la pared y el médico manipulará instrumentos para quitar el tumor. Ya si después la IA que algunos ayudaron a que se independice, aprieta el botón final, ni a mortaja alcanzaremos.













