Una foto en el mingitorio
DARÍO FRITZ
Cada tanto las imágenes nos regresan a otro mundo. Llámese recuerdos y memoria o fotografías. Un mundo que no es necesariamente de nostalgia sino de cuentas que rendimos con el pasado. En 1973, un reportero gráfico novato recibió la orden de seguir a Jorge Luis Borges “hasta el baño” para retratarlo. Cumplió con creces. A Borges se lo ve en la imagen de costado, parado frente al mingitorio de un baño público de la época donde podían colocarse allí una docena de hombres al mismo tiempo. Nada más que él estaba solo junto a su bastón colgado del antebrazo. El novato tuvo el tino de preguntar si podría fotografiarlo allí, y el escritor no se negó. Hasta le bromeó que estaba haciendo “travesuras”. La imagen se convirtió en unos de los íconos de lo que sería el trabajo prodigioso de Rogelio Cuéllar. Hacer hoy esa foto quizá nunca llevaría a constatar el prolífico futuro de un fotógrafo, no solo porque los baños públicos están parcelados, sino porque se vería como una violación a la privacidad. Difundirla cabría el inmediato juicio público de la denostación y censura y un seguro paso por los tribunales. ¿Se aceptarían así un Gonzalo Celorio, un Leonel Mesi, un Elon Musk o un Donald Trump?
La revisión entre lo que fuimos u otros hicieron y la mirada que hoy tenemos hace justicia en muchos casos, aunque en otros se convierte en una contradicción o una treta maniquea. La justicia se ha encargado de poner en su lugar a quienes han abusado de la relación de poder con la mujer, las palabras ya no se las lleva el viento y lo que antes se entendía como piropo o coqueteo hoy es acoso, aceptamos que ciertas palabras deben ser inclusivas -a pesar de un revival por impedirlas. En algo más mundano como el futbol, hoy una lesión grave como sufrió el canadiense Ismaël Koné en el Mundial no se repite durante la transmisión televisiva, cuando poco tiempo atrás, los futbolistas podían participar de batallas campales a golpe y se retransmitían hasta la saciedad. En el otro extremo, también hay una mirada ideológica, manipuladora, censuradora, sobre cómo se construyó el pasado y qué derechos actuales se violaron sin hacer caso al contexto (llámese guerras de emancipación, por ejemplo). Cristóbal Colón pasó a estar mal visto, pero si el día de mañana el liberalismo extremo triunfa junto a su mirada de un Estado endeble y figurativo, quizá hasta las estatuas de Lázaro Cárdenas se conviertan en sinónimo de vergüenza, motivo para derribarlas.
Las contradicciones afloran. Hoy no se dejan ver los rostros completos de narcotraficantes y de tantos otros delincuentes al momento de presentarse como detenidos por las autoridades, por un exquisito prurito de que aún deben ser juzgados y condenados (una década atrás las presentaciones eran públicas con periodistas y fotógrafos presentes, donde hasta se podían hacer preguntas a los detenidos). Sin embargo, se pueden subir fotos y videos en redes sociales tanto de pornografía como de asesinatos, robos, secuestros, incluso policías y militares cometiendo delitos, sin siquiera advertir por el contenido de violencia. Propietarios y directivos de esas redes lo incentivan con su permiso bajo un criterio evasivo de libertad de expresión, una conjunción en realidad para obtener audiencias e ingresos económicos. Y no hay autoridad que lo impida.
El historiador Carlos Ginzburg, fallecido días atrás, quien en su obra se dedicó a darle voz a los marginados y olvidados (reflexionaba así sobre el ejercicio del poder y el control social), empieza su prefacio en El queso y los gusanos, libro que lo encumbraría, refiriéndose a la mirada de los historiadores. “Antes era válido acusar a quienes historiaban el pasado, de consignar únicamente las ‘gestas de los reyes’. Hoy día ya no lo es, pues cada vez se investiga más sobre lo que ellos callaron, expurgaron o simplemente ignoraron”. Luego continúa. “‘¿Quién construyó Tebas de las siete puertas?’ pregunta el lector obrero de Brecht [referencia a un poema de Bertolt Brecht). Las fuentes nada nos dicen de aquellos albañiles anónimos, pero la pregunta conserva toda su carga”. Ginzburg es claro. Donde ponemos la mirada, ponemos el relato. Desde el poder de quien ordenó construir Tebas, a los obreros que la construyeron. Cuestionar la historia oficial, de eso se trata, pero sin artimañas. Por eso siempre será mejor la foto de Cuéllar y cómo se hizo, ajena a interferencias de lecturas sobre derechos de estos tiempos, a que nos fagociten con crímenes en las redes y el goteo desaforado del consumo, ocultando qué hay detrás.












