El museo pierde carisma
DARÍO FRITZ
La amiga sale decepcionada del “laberinto” de una muestra escultórica de trabajos monumentales de Leonora Carrington. Se ha pasado allí media hora, aunque el recorrido estaba programado para 45 minutos, entre sonidos y luces, para acercase a la mirada filosófica de la autora. Había llegado al centro cultural de la exposición por el comentario de una amiga, como lo hace 25% de los asistentes a museos en el país. Si alguien creía, como en mi caso, que la difusión convencía de llegar allí a los 52 millones de visitantes registrados en 2025 (1,215 museos aportaron esos datos al Inegi), se puede dar un buen disparo en el pie. El boca a boca (40.1%) funciona mucho mejor que las redes sociales (13%), Internet (13%) o la TV, radio y medios impresos (2.3%), lo cual nos deja mejor parados ante la creencia persistente del dios del algoritmo digital donde supuestamente se cocina el gran cúmulo de información que consumismo a diario.
Más de cien millones de personas tienen acceso a internet hoy en día en el país. Que solo 26 por ciento recurra a él para enterarse de actividades museísticas no deja de ser una buena señal de una dependencia digital que no es tan abrumadora. Como también lo es que en la pirámide de asistentes a museos y quienes más usan internet ronda una población de entre los 20 y 40 años. El núcleo de 25 a 34 años es el mayoritario en acceder a Internet, y de 20 a 39 en frecuentar museos. La exposición digital aprieta con su publicidad, entretenimiento, fake news, consumo, pero aun así se convierte en secundaria al momento de considerar vías de conocimiento y aprendizaje como los que aportan los museos. Se asiste, de acuerdo con las respuestas recabadas por el Inegi, para ampliar una cultura general (21.7 %), aprender (16.6 %) y conocer la exposición (16.4 %).
Se podrá argumentar que 52 millones de asistentes en un año –49% pertenecen a los registros en exposiciones de la Ciudad de México – no son tan reales porque podrían repetir la asistencia a una misma actividad o a varios recintos, sin embargo, 80.6% realizó una sola visita en el año, los de dos a tres visitas fueron el 12.5% y los de cuatro y más 6.9%.
Para algunos, asistir a un museo es un instinto de supervivencia, para otros ingresar a una catedral con la misma carga espiritual con la que el creyente asiste a misa. Incluso en los más maravillados, hallan ante las obras un frenesí pictórico. Los números no dejan de asemejarse a los de años anteriores como la escolaridad mayoritaria del público (universitaria), las razones por las que no se asiste (falta de difusión y cultura, tiempo o desinterés), la mayoría permanece en las salas menos de una hora, las mujeres son más del 51%, pero también la caída de asistentes es pronunciada desde 2017 cuando se registraron 75 millones (30% menos ahora).
“No es lo que miras lo que importa, sino lo que ves”, aleccionaba Henry David Thoreau. Lo mismo nos sirve para observar las esculturas de Leonora Carrington como para analizar el alejamiento del público de las salas de los museos. ¿Son otras opciones culturales y de entretenimiento que le quitan interés?, ¿se han anquilosado?, ¿las sugerencias personales ya no alcanzan?, ¿los universitarios tienen otros intereses?, ¿las escuelas desechan llevar a sus alumnos a las exposiciones?, ¿es la caída del salario real? Las respuestas también deben verse.











