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TERRITORIOS BALDIOS

TERRITORIOS BALDIOS


La revolución de la verdad
DARÍO FRITZ
En algún momento llega. Ingresa como una transición para después intentar justificarlo como verdad irrefutable. Puede que sea parte de la quinta o la sexta década de vida, pero se hace cómoda para cualquier defensa de un presente incómodo, casi vaporoso, y un pasado añorable. Aquello de épocas en que se nos educaba mejor, aunque el látigo amenazara, de la gente empática y el saludo infaltable de los buenos días, incluso sin conocer al otro, de que la palabra era una fianza eterna y no se vilipendiaba. Nunca surgirá un portero como el Gato Marín, dirán los futboleros, ni un Carlos Fuente o un Octavio Paz, a decir de los más rigurosos con la escritura. En el periodismo tampoco falta: “Hoy se hace un periodismo pésimo, no es como en nuestras épocas”.
El barniz del pesimismo adopta una cuota endémica de incredulidad. Pero una vez que se escarba, surge de la supuesta nada un torbellino de luces que restriegan sus alegatos sobre las lamentaciones. Y ahí está. Un periodismo que mira, halla y cuenta el infierno de más de 4,000 “anexos”, que no son más que centros de atención para las adicciones, donde unos 120,000 jóvenes resisten y sobreviven al olvido –de las autoridades que poco y nada hacen para ayudarlos, de los narcos a los que ya no les sirven. El periodismo que mira, halla y cuenta cómo se puede salir del pandillerismo en Yucatán para volcar la energía de la violencia de decenas de jóvenes cholos antes enfrentados, en ayudar en la reconstrucción de casas inundadas, distribuir medicamentos, asistir a personas de la tercera edad o instruir sobre las salidas de las adiciones. Un periodismo que indaga y cuenta el abuso sexual contra mujeres militares por sus superiores en el inmune Ejército, de una familia que pierde dos niñas tiroteadas por militares en Sinaloa, o el abuso en escuelas primarias y secundarias del país por personal de las instituciones públicas, escasas veces condenadas y enviadas a la cárcel. Un periodismo que da cuenta de cómo una generación de jóvenes desamparados, urgidos por trabajar, caen en las redes de adiestramiento del narco. Incluso los pueden traer de Colombia y cuando son detenidos un juez acepta las escenas armadas por militares y policías para encarcelarlos. Un periodismo que puede mirar, hallar y contar la carga de deudas económicas en las que acaban sometidas las finanzas de las familias que buscan a hijos, hermanos, padres, desaparecidos por el crimen organizado. Un periodismo dispuesto a contar la funesta relación de alcaldes poblanos con los negocios de la iglesia de La Luz del Mundo o la criminalización del Estado, de la mano de mafias de la tala, contra los defensores de territorios en los bosques en Tlaxcala.
Historias del periodismo mexicano de hoy que no son hojas brotando de un árbol envejecido. En el jurado del Premio Breach/Valdez de Periodismo y Derechos Humanos 2026 decidimos en este mayo, en su octava edición, sobre casos como estos, aunque requirió antes depurar más de ocho decenas de trabajos con la calidad imprescindible para disputar por la mejor historia. Historias trazadas en todos sus casos por un borrascoso lugar común: la impunidad. La justicia que se hace a un lado.
El tiroteo contra el periodismo no es nuevo. Tiene formas y métodos añejos provenientes de poderes vulgares y fácticos –el amedrentamiento verbal, el ataque físico, la negación de recursos económicos, la extorsión– con otros propios de la época –influencers que se enmascaran como periodistas para mentir, matizar o hacer negocios, redes sociales y algoritmos que censuran o impiden la difusión. Durante la sesión del jurado, uno de ellos, editor corajudo en su tierra, se levantó por unos minutos de la sesión para recibir un par de sus periodistas que regresaban de Badiraguato a donde los envió a cronicar lo que pasaba en el terruño del gobernador sinaloense y el senador nacional acusados de vínculos con narcotraficantes. Siete kilómetros antes de llegar, desconocidos armados los interceptaron, intervinieron sus celulares, y les ordenaron regresarse. Un recordatorio para escépticos del periodismo del presente.
Hacer de la verdad una revolución, como definió décadas atrás George Orwell, no podría quedar mejor como esencia para describir a cada uno de los que salen todos los días a contar la vida de los otros. Atenazados a los hechos, despojado de las etiquetas de los adjetivos. No solo como antídoto contra la mentira, lo que siempre se ha trabajado para desbaratar. Sino como antídoto contra la arbitrariedad. Y los arbitrarios.

Darío Fritz
Darío Fritz es periodista, editor y profesor de periodismo. Autor de “Con la muerte en el bolsillo” (Ed. Planeta) y en “El libro rojo” III (FCE).

Sobre la autora

Araceli Domínguez

Productora Ejecutiva de Voces Ecológicas de la Frontera.
Periodista profesional con estudios de educación ambiental en CETYS Universidad y Fundación PROBEA
Diplomada en Derechos Humanos
Imparte cursos de educación ambiental, cultura del agua, la carta de la tierra, reciclaje, derechos humanos, libertad de expresión y análisis de riesgo.